Y acto seguido, promulgó un orgasmo tan estruendoso, burbujeante, desaforado, bizarro, bárbaro y apocalíptico, que los gallos creyeron que había amanecido y empezaron a cacarear con las crestas inflamadas. Despegó, hacia la noche sideral.
Se cubrió la cara marineada con lágrimas de felicidad.
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